Algunos apuntes muy tardíos sobre Maquiavelo y su libro

Algunos apuntes muy tardíos sobre Maquiavelo y su libro

by Rodriguez Arturo -
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Maquiavelo elaboró su manuscrito (y lo entregó a un miembro de la familia gobernante que le quitó su empleo, mandó apresar, torturar y expulsar de la ciudad) con el propósito (entre otros) de obtener un empleo en aquellas funciones de asesoramiento político o de gobierno en las que se había entrenado y por las que sentía un notorio interés. No creo empero que este propósito les resulte incomprensible, si se ponen en la situación de quien queda sin ingresos ni función social. Podría ser su manuscrito, en todo caso, una muy perdurable presentación de competencias o capacidades, al modo que hoy suele hacerse en los llamados currículum que se entregan a posibles empleadores. Pero literaria y teóricamente más ambiciosa de lo que ocurre hoy en día...

 Como todos ustedes saben, no recuperó su empleo, si bien con el tiempo miembros de la familia Médici le asignaron tareas historiográficas y otras menores, lo que también le ocasionará nuevas desdichas.

El propio Maquiavelo hará acto de contrición por sus excesivas adulonerías ante los Médici y, en la dedicatoria de lo que muchos estudiosos actuales consideran como su mayor obra de teoría política (Discursos sobre la primera década de Tito Livio), dirigiéndose a tres amigos, escribirá:

Aceptad, pues, esto como se aceptan todas las cosas de los amigos, teniendo más en cuenta la intención del que regala que la cosa regalada, y creed que me satisface pensar que, si me equivoqué en muchas circunstancias, no he incurrido en error al preferiros a todos los demás para la dedicatoria de estos discursos míos, tanto porque haciéndolo así paréceme mostrar alguna gratitud por los beneficios recibidos, como por apartarme de la costumbre en los escritores de dedicar sus obras a príncipes, cegándoles la ambición o la avaricia hasta el punto de elogiar en ellos todo género de virtudes, en vez de censurarles todos los vicios.

Para no incurrir en tal error he elegido, no a los que son príncipes, sino a quienes por sus infinitas buenas cualidades merecen serlo; no a los que pueden prodigarme empleos, honores y riquezas, sino a los que quisieran hacerlo si pudiesen; porque los hombres, juzgando sensatamente, deben estimar a los que son, no a los que pueden ser generosos; a los que saben gobernar un reino, no a los que, sin saber, pueden gobernarlo”.


Es cierto que, en principio, El príncipe es un texto que se propone instruir al posible, futuro gobernante. Su lector presunto y deseado no es el pueblo sino el gobernante.

Sin perjuicio de ello, se lo ha leído e interpretado, con el paso del tiempo (como probablemente sepan, Luce Fabbri, que es la cotraductora y comentarista de la edición que tienen todos disponible aquí en EVA, sostiene esta posición, que tiene antecedentes, quizá los más notables hayan sido Spinoza y Rousseau) como un tratado que produce en el lector un efecto de repudio y rechazo a las prácticas que se emplean en el gobierno, por tanto, como una advertencia a la gente común sobre el “verdadero carácter” del ejercicio del poder político.

 Queda sin dilucidar si esa fue o no la posible, o una de las posibles, intenciones de su autor al redactarlo o es un efecto posterior, impensado por el autor, del texto en lectores de una época distante y distinta a aquella en la cual se redactó.

 Lo cierto es que a Maquiavelo le interesaba sobre manera el poder, los efectos transformadores de la historia que derivan de su ejercicio, y que era plenamente consciente de las consecuencias negativas de un mal gobierno o de la ausencia de individuos con virtù para ejercer el poder.

 

Maquiavelo era un florentino y la península itálica estaba compuesta, durante su vida, por una diversidad de entidades políticas, algunas principescas, otras que se identificaban como republicanas, otras bajo dominio de monarcas residentes en otros países, etc.

 La unificación italiana será un proceso de la segunda mitad del siglo XIX. En esa península, en la antigüedad, estaba empero la cuna de un gran imperio que se extendió más allá de todo el mar Mediterráneo.

 Todos han observado, probablemente ya, su orientación hacia lo que es y no lo que debe ser (lean al respecto el capítulo XV), esto es su realismo.

 De cualquier manera no deberían pasar por alto que entre la multiplicidad de ejemplos que expone los hay legendarios y hasta míticos, esto es que no todos fueron históricos (y los que lo fueron pueden estar embellecidos o deformados a fin de servir mejor a los objetivos descriptivos y consejos del autor de El príncipe).