Perfilado de sección

    • Textos de utilidad para profundizar la comprensión de la lectura obligatoria (fuentes primarias) de Locke.

    • La Prof. Cecilia Demarco grabó una serie de audios para acompañar la lectura, que todos ustedes tienen que hacer, de la obra de Locke Segundo tratado (o ensayo) sobre el gobierno civil.

      Se instalan aquí los dos primeros.

    • Recurrimos otra vez, dadas las circunstancias, a grabaciones hechas por la UNED española.

    • Textos de utilidad para profundizar la comprensión de las lecturas obligatorias (fuentes primarias) de Rousseau.

    • Exposición sobre Rousseau y los dos textos que tienen que leer, a cargo de la Dra. Vera Waksman (para curso en la Universidad Pedagógica Nacional de Argentina)

    • Lectura y comentario de algunos capítulos del Contrato Social de Rousseau.

      Se trata de un programa español proveniente de la revista La caverna de Platón, dedicado a la filosofía.

      Los audios que están almacenados en Ivox pueden descargarlos o escucharlos en línea en popup. Ambas opciones están disponibles en la parte inferior de la ventana inicial (para habilitar popup deben apretar la opción Más y se les abrirá una ventanita con la opción “Escuchar en popup”)

    • Resumen de la obra de Jean-Jacques Rousseau, comentarios de su legado, vistos de una manera práctica, clara y simple desde una perspectiva Jurídica, Económica y Política por la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional Autónoma de México.

    • Nota publicada en El Cutural con motivo de los 300 años del nacimiento de Rousseau, en 2012

    • Se analizan, en este programa de UNED, los antecedentes filosóficos del Estado presentes en la obra de autores como Maquiavelo, Tomás Moro, Hobbes, Locke y Rousseau.

    • En este foro podrán formular preguntas o consultas sobre la Unidad

    • Había quedado pendiente el agregarles algunos datos al respecto (lo había anunciado), que son pertinentes a partir de esta unidad y para las que siguen. Por tanto pongo ahora en un pdf. algunos de esos datos...

    • Con motivo de las lecturas de las obras de los contractualistas suelen plantearse consultas (con mucha pertinencia) sobre las nociones de libertad negativa y positiva.

      Esta breve conversación con constitucionalistas españoles, transcrita en una revista el 15 de mayo de 2020, quizá les permita entender mejor ambas nociones y, en general, los usos no siempre concordantes ni unívocos del término omnipresente libertad.

      Tengan presente que las citas legales y referencias son españolas y del Tribunal Europeo de Derechos Humanos, pero no resultan totalmente extrañas a nuestro sistema legal.

       

       

       

      Si no lo sospechaban, en las lecturas ya habrán advertido que existen concepciones discordantes y competitivas acerca de la libertad política.

      El filósofo e historiador de las ideas Isaiah Berlin (que mencionamos anteriormente), en una muy famosa conferencia sobre “Dos conceptos de libertad” (1958), denominó como concepción “negativa” de la libertad aquella que sostiene (como leyeron en el libro de Hobbes) que las personas son libres mientras sus elecciones no sean interferidas, no tengan impedimentos, ataduras.

      Hay distintas interpretaciones que dependen, en primer lugar, de qué se entienda por “interferencia”, pero la intuición básica siempre es la de que ser libre es hacer lo que uno elija.

      Esta idea de libertad negativa Berlin la asoció en su conferencia con los filósofos políticos ingleses clásicos: Hobbes, Bentham y J. S. Mill. Se trata, probablemente, de la concepción dominante de la libertad, sobre todo entre los filósofos angloamericanos contemporáneos.

      En célebres palabras de Mill (que no podremos leer y estudiar, muy lamentablemente, por la brevedad del curso): “la única libertad que merece ese nombre es la de perseguir nuestro propio bien a nuestra manera, siempre que no intentemos privar a los demás del suyo” (1859).

      La segunda concepción de la libertad, que Berlin denominó “positiva”, es la de quienes consideran que una persona o grupo es libre en la medida en que ejerzan autocontrol o verdadero dominio autónomo sobre sus decisiones.

      Según una explicación influyente, ser libre en el sentido positivo implica que uno sea capaz de actuar según deseos de “segundo orden” (Frankfurt, 1982) (o que no actúe movido por factores que escapan a su control). Por ejemplo, un adicto al juego o a beber alcohol hasta emborracharse puede ser libre en el sentido negativo de que nadie lo obliga a jugar o a emborracharse, pero no es libre en el sentido positivo a menos que realmente tenga éxito en actuar según su supuesto deseo de “segundo orden”: no desear apostar o beber alcohol.

      Esta segunda concepción el conferencista la asoció con filósofos de Europa continental, tales como Spinoza, Rousseau y Hegel.

      La concepción positiva de la libertad es minoritaria, especialmente, entre los filósofos angloamericanos contemporáneos. A pesar de ello pueden encontrarse, con buenos fundamentos, rasgos de libertad positiva en Locke.

       

      Por otra parte, en la segunda mitad del siglo XX (pero con antecedentes varias veces centenarios) se formuló, también por parte de filósofos anglosajones, una concepción “republicana” de la libertad (en algunos aspectos coincidente con la “positiva”).

      Philip Pettit, un filósofo irlandés contemporáneo, es quien más desarrolló la concepción republicana de libertad, que sostiene que una persona o grupo goza de libertad en la medida en que ninguna otra persona o grupo tenga “la capacidad de interferir en sus asuntos de manera arbitraria” (1996, 1997, 2001, 2012, 2014). Se es libre si no se está bajo ningún poder arbitrario o incontrolado, pues la libertad republicana consiste en el disfrute seguro de la no dominación (reconocerán, quizás, en esto ecos de sus lecturas de Maquiavelo y de Rousseau).


    • Un capítulo de Miguel Carbonell: La libertad. Dilemas, retos y tensiones. UNAM, 2008

    • Muchos artículos de prensa, tanto noticias como columnas de opinión, pueden leerse, provechosamente, relacionándolas con los textos clásicos que integran el curso.

      Es muy probable que ustedes ya se hayan encontrado con algunos o que hayan podido relacionar debates u opiniones con los textos de alguna de nuestras unidades.

      Este, que traduje rápida y libremente (por eso pongo la dirección de su original en inglés, así pueden consultarlo), es un caso notorio, y no solo por sus planteos respecto a diversas nociones de libertad (y sus consecuencias).

      Las disputas y planteos de los que la autora habla se han dado también, con argumentaciones o posturas equiparables, en la última semana en Berlín, Madrid y Buenos Aires, entre otras ciudades.

      Se publicó en el semanario estadounidense The New Yorker (fundado en 1925) el 26 de mayo de 2020.

       

       

       

      La vida, la libertad y la búsqueda por escupir a otras personas

      Por Masha Gessen

       

      El texto al pie de la foto dice: “Las guerras culturales en torno a la pandemia del coronavirus se centran en ideas conflictivas acerca de la libertad, revelando una total falta de causa común nacional”.

       

      A fines de la semana pasada, comenzó a circular una compilación de vídeos que mostraba a clientes de locales comerciales (Costco, Walmart, Red Lobster) negándose a usar tapabocas o a observar distanciamiento social y que, cuando se les denunciaba por su negligencia, tosían e incluso escupían a los empleados (en su mayoría de bajos salarios) que intentaban hacer cumplir las pautas básicas de seguridad.

      Son imágenes de la guerra cultural actual, librada y enmarcada, como otras guerras culturales estadounidenses, en torno a ideas conflictivas de libertad. “Me desperté en un país libre”, dice un cliente descontento de Costco. “¿Qué libertad se sacrifica usando un barbijo?” pregunta un usuario de Twitter. “La libertad de no usar un maldita tapaboca”, responde otro.

      Los teóricos políticos, desde hace tiempo, han hecho una distinción entre libertad negativa y libertad positiva o, como lo expresó el psicólogo social Erich Fromm, “libertad de” y “libertad para”.

      La libertad negativa es la libertad respecto a restricciones, el tipo de libertad que los adolescentes demandan cuando quieren que sus padres dejen de decirles qué hacer. Esto es también lo que los estadounidenses generalmente quieren decir cuando hablan de libertad: libertad individual.

      La libertad positiva es la libertad no respecto de los demás sino junto con los demás; se podría llamar libertad social y política.

      En una conferencia clásica, titulada “Dos conceptos de libertad”, Isaiah Berlin, el pensador británico del siglo XX, dijo que el sentido “positivo” de libertad sale a la luz cuando tratamos de responder a la pregunta “¿por quién estoy gobernado?” o “¿quién debe decir lo que soy y lo que no soy, ser o hacer?”, en vez de preguntarnos “¿qué soy libre de hacer o ser?”

      La conexión entre democracia y libertad individual es mucho más tenue de lo que a muchos defensores de ambas les parecía. El deseo de ser gobernado por mí mismo o, en todo caso, de participar en el proceso mediante el cual se controlará mi vida, puede ser un deseo tan profundo como el de disponer de un área libre para la acción, y tal vez sea históricamente más antiguo. Pero no es el mismo deseo.

      La libertad positiva, dijo Berlin, es la libertad de ser intencional: “Deseo ser mi propio instrumento, no el de la voluntad de otros hombres. Deseo ser un sujeto, no un objeto; ser movido por razones, por propósitos conscientes, que son míos, no por causas que me afectan, por así decirlo, desde afuera. Deseo, sobre todo, ser consciente de mí mismo como un ser pensante, dispuesto, activo, responsable de mis elecciones y capaz de explicarlas mediante referencias a mis propias ideas y propósitos. Me siento libre en la medida en que creo que esto es cierto y esclavizado en la medida en que me doy cuenta de que no lo es”.

      Berlin no argumentó que un concepto de libertad fuera mejor que el otro. Buen conocedor de Rusia, era muy consciente de que las tiranías se pueden construir sobre ideologías que postulan alcanzar un bien mayor, y que la opresión extrema puede apuntalarse con la retórica de la libertad. Pero ver la libertad, meramente, como ausencia de coerción era, a su juicio, insuficiente. Su argumento fue que los dos conceptos de libertad tienen que coexistir, incluso si a veces chocan.

      Usar un tapaboca puede verse como un acto de libertad positiva: la elección de un miembro consciente de la sociedad.

      Es difícil considerar el uso obligatorio de máscaras como una limitación de la libertad, ya que incluso el fundamentalismo de la libertad individual de John Stuart Mill trazó una línea en las acciones que pueden dañar a los demás: la libertad de una persona debe terminar donde comienza la seguridad de otra. Afirmar que verse obligado a usar un cubreboca es una violación de la libertad de uno es rechazar la premisa de que usarlo puede proteger a los demás o, de lo contrario, la humanidad de quienes están en peligro. Los manifestantes contra la cuarentena y quienes se resisten a usar tapabocas habitualmente distorsionan o malinterpretan los riesgos de transmisión del coronavirus. Cuando tosen y escupen a los demás, deshumanizan a los que se atreven a decirles qué hacer.

      Los efectos a largo plazo de vivir nuestras vidas sociales a distancia, con la mitad de nuestros rostros cubiertos, son profundos, así como la amenaza que enfrentamos como sociedad -la cantidad de personas que han muerto y morirán, la devastación económica que acompaña esas muertes- es difícil de exagerar. Debido a que hay mucho en juego, el uso de máscaras y el distanciamiento social deben ser adoptados como un proyecto común, una empresa de libertad positiva, y no simplemente como una restricción de la libertad individual. Pero, para que eso suceda, necesitamos poder hablar sobre una causa común, una forma de hablar que parece casi extinta en la política estadounidense.

      En un discurso, el viernes pasado, el gobernador republicano de Dakota del Norte, Doug Burgum, casi se echó a llorar al tratar de convencer a los residentes de su estado de que usar un tapaboca no era un acto irracional o un signo de pertenencia al Partido Demócrata. “Si alguien quiere usar un barbijo, no debería avergonzarse”, declaró: “Lo primero que alguien debería asumir es que lo están haciendo porque, en sus vidas, tienen personas que aman y que están tratando de cuidar”.

      El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, lanzó un comunicado en el que describe el uso de máscaras como un acto de respeto por los demás, como una declaración y un sacrificio, pero no un acto que indique una distinción: “Ese tapaboca dice: respeto a las enfermeras y los médicos que se inmolaron para salvar a otras personas”, comienza el mensaje de Cuomo.

      El estado de Nueva York organizó un concurso de anuncios de vídeo de treinta segundos para promover el uso de máscaras. De los cinco finalistas, solo uno presenta el uso de tapabocas como una acción colectiva en lugar de individual.

      Para que aparezca un sentido de causa común, tiene que haber un sentido de nosotros: una comunidad que se enfrenta a una amenaza y está montando una respuesta. Pero tenemos experiencias muy diferentes de la pandemia y expectativas muy diferentes del gobierno. Las personas contrarias a llevar barbijos, según se ve en los vídeos virales, son todas blancas y, al parecer, todas o la mayoría de ellas viven en suburbios o en el campo. Parecen ver el uso de tapabocas como una especie de señal de virtud tiránica; esperan ser atendidos y asumen que están a salvo, tanto del virus como de enfrentar cualquier consecuencia por ignorar las reglas o dañar físicamente a otros.

      En mi vecindario, en Harlem, que es una de las zonas de la ciudad de Nueva York más afectadas, la causa común es un bien escaso, pero por razones muy diferentes. Aquí, los oficiales de policía hacen cumplir las pautas: comenzaron arrestando agresivamente a las personas por no distanciarse socialmente, y ahora se enfrentan a grupos de adolescentes, en su mayoría sin cubrebocas, para tratar de dispersarlos. Las luces azules intermitentes de los patrulleros, que pretenden anunciar el mensaje de distanciamiento social, se chocan contra una muy larga experiencia barrial de vigilancia excesiva, que tuvo y tiene poco que ver con mantener seguros a quienes residen en este vecindario.

      La verdadera amenaza a la libertad en la pandemia no es a la libertad individual sino a la libertad positiva: la libertad de ser una comunidad, una sociedad, una polis. Los gritos contra los barbijos y la cuarentena sirven como distracción respecto de ese asunto, mucho más difícil, y de un sacrificio que se hace demasiado a la ligera, como cuando Bill de Blasio, el alcalde de Nueva York, a principios de este mes dijo que las manifestaciones en la ciudad serían interrumpidas por la policía incluso si los manifestantes observaban las pautas de distanciamiento social. Dos veces, en las semanas previas a esos comentarios, la policía había detenido las protestas de activistas L.G.B.T.Q. contra Samaritan’s Purse, una organización explícitamente anti-gay que mantuvo un hospital de campaña en Central Park en abril.

      Hace dos fines de semana, los manifestantes estaban de regreso en Central Park, celebrando la partida del hospital de campaña. Dos docenas de personas estaban al menos a dos metros de distancia. Varios sostenían una pancarta con la bandera del arco iris, estrecha y muy larga, para poder sostenerla mientras se mantenía el distanciamiento social. Cada vez que alguien se acercaba a la protesta, uno de los organizadores decía: “Sos bienvenido a unirte. Por favor, usa tu tapaboca y mantén al menos dos metros de distancia”. Una de las personas en el césped, el abogado y activista de larga data Bill Dobbs, miraba la protesta con tristeza mientras participaba. “Para tener una resistencia seria, tienes que reunir las mentes”, me dijo. “Y, para eso, tienes que tener personas en una habitación”.

      En nuestro espacio público, una persona continúa reclamando la libertad de estar en una habitación con otros. El Presidente, dado su talento, logra desviar nuestra atención de lo que es verdaderamente notable -el espectáculo de él hablando con otros, conociendo gente nueva, viajando- hacia un absurdo juego de suspenso: ¿llevará o no un barbijo? Mientras tanto, sus partidarios logran desviar nuestra atención de considerar el tema esencial de la libertad durante la pandemia -cómo forjar y mantener una causa común-, a pensar en la libertad de escupir a los demás.

       

      Masha Gessen, escritora de The New Yorker, es autora de once libros, entre ellos Sobreviviendo a la autocracia y El futuro es historia: cómo el totalitarismo recuperó a Rusia


    • El cuestionario se podrá realizar desde el sábado 5 de junio a las 06:00 hs. hasta el domingo 6 de junio a las 23:00 hs.